domingo, 17 de agosto de 2008

Querido Ángel,

A buenas horas he invocado tu nombre, porque ahora vuelvo a pensarte. Bueno, en realidad no te pienso a ti; no después de tanto años. Pienso en tus palabras y sobre todo, sobre todo... en tus ojos.

La primera persona a quien pregunté dónde se escondía la vida eras tú, ¿recuerdas? Hace demasiado tiempo de ello. Y como siempre, tenías la respuesta perfecta esperando en el cajón. Me gustaría poderte llamar por teléfono y contarte dónde se escondía hoy... Pero no tengo tu número en la agenda, aunque reconozco que todavía lo guardo en un papel en la vieja cartera de entonces.

LOS ADOQUINES. En serio. Hoy la vida estaba en los adoquines de la Eixample Izquierda. He vuelto en metro, entaconada, dolorida y he pensado: Me duelen los pies, vete descalza. Así que he cogido mis preciosos zapatos on la mano izquierda, mientras bajo el brazo derecho llevaba una fusta y he andado hasta casa. Los calcetines tendré que meterlos en lejía o echarlos a la basura, pero no importa. A saber cuántos pares venden por un euro en los chinos. La vida estaba en mis pies doloridos sobre los adoquines de madrugada en la parada de Urgell. Y correr descalza en los pasos de cebra. Por un momento (3 manzanas) la vida ha estado ahí.

Reconozco que me da pena no haber tenido a nadie con quien compartirlo, pero bueno. La próxima vez será otra historia la que acalle esta cosa en mis entrañas. Creo que estarías orgulloso de esta tontería. Si me preguntas de qué me lamento, porque casi siempre es algo, te lo diría: no haber bailado un poco más.

P.D. Extraña vida... Ahora está entre las sábanos violetas y negras de mi cuarto. Ha despuntado el alba. Esto ya no tiene gracia.

1 comentarios:

Sebas dijo...

Ciertos bailes de los astros generan sobre nosotros efectos sorprendentes.

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